¿Esto es poder o es crueldad? Abelardo apareció frente a bolsas con cuerpos de combatientes abatidos
Una imagen difundida desde las propias comunicaciones oficiales de Presidencia abrió un debate que va mucho más allá de la estrategia militar del Gobierno de Abelardo de la Espriella.
Por Alejo Vergel Director
2 min de lectura
Una imagen difundida desde las propias comunicaciones oficiales de Presidencia abrió un debate que va mucho más allá de la estrategia militar del Gobierno de Abelardo de la Espriella.
El mandatario apareció dando declaraciones frente a alrededor de dos decenas de bolsas blancas que, según explicó, contenían cuerpos de integrantes de estructuras armadas abatidos durante una operación de la Fuerza Pública.
Durante la intervención hizo referencia a alias “Tigre”, señalado como uno de los cabecillas de las disidencias vinculadas a Iván Mordisco, y recordó ataques atribuidos a esa estructura contra miembros del Ejército y la Armada.
Nadie discute que el Estado tenga la obligación de enfrentar organizaciones responsables de terrorismo, narcotráfico, asesinatos y ataques contra la población y la Fuerza Pública.
El problema es otro.
¿Necesita un presidente exhibir los cuerpos de los muertos para demostrar autoridad?
Colombia conoce demasiado bien las imágenes de una guerra convertida en espectáculo. Durante décadas distintos actores armados utilizaron cadáveres, humillaciones y escenas de violencia como mensajes destinados a intimidar al enemigo.
Precisamente por eso el Estado debería marcar una diferencia.
La legitimidad de la Fuerza Pública no nace de demostrar que puede producir más muertos. Nace de que utiliza la fuerza dentro de unas reglas, respeta la dignidad humana y responde ante la Constitución.
Un combatiente puede ser un objetivo militar legítimo mientras participa directamente en las hostilidades. Una vez muerto, su cuerpo no debería convertirse en objeto de propaganda.
El propio derecho internacional humanitario exige trato digno a los muertos.
De la Espriella ha construido buena parte de su narrativa política alrededor de la idea de recuperar autoridad. Pero autoridad y crueldad no son sinónimos.
Un Estado fuerte puede perseguir a un cabecilla, neutralizar una amenaza, capturar criminales y recuperar territorios sin convertir la muerte en una puesta en escena.
La verdadera diferencia entre el Estado y quienes actúan por fuera de la ley está precisamente ahí: el Estado no combate para vengarse ni para disfrutar la derrota del enemigo.
Combate porque tiene la obligación de proteger a la sociedad y porque está sometido a límites que los criminales no respetan.